El abuelo de Amos Oz y la importancia de escuchar

A mis hijos siempre les digo que la mitad del éxito de un examen está en entender bien las preguntas: primero lee y entiende. Y sólo después de haber entendido, haz. Al querer mejorar un proceso las acciones cambian algo, pero la acción también esta en tercer lugar: formula el problema, luego mídelo, y luego actúa.
En la relaciones humanas pasa lo mismo: primero escucha y entiende. Y gran parte del éxito y del bienestar en el trabajo depende de cómo son las relaciones que tenemos.
En un libro de Amos Oz, titulado 'Una historia de amor y oscuridad', me encontré con un párrafo que expresaba muy bien qué es escuchar. Amos OZ nos habla a través de la historia de su familia, y a a través de ella de la historia de los judíos en Europa y en Palestina. Y hablando de su abuelo nos cuenta esto:

   ''Una vez abrí la puerta y vi a mi abuelo de noventa años arrodillado delante de la viuda de un notario, morena, oronda y risueña. La señora me guiñó un ojo por encima de la cabeza de mi abuelo enamorado y sonrió enseñando dos filas de dientes demasiado completas para ser auténticas. Me fui y cerré despacio la puerta, sin que mi abuelo me viera.
   ¿Cuál era el secreto del atractivo viril de mi abuelo? Es posible que sólo lo empezara a comprender al cabo de los años. Tenía una cualidad muy rara en los hombres,posiblemente la cualidad más sexy para muchas mujeres: sabía escuchar.
   No simplemente hacía que escuchaba, por educación, esperando con impaciencia a que terminaran y se callaran de una vez.
   No interrumpía las frases de su interlocutora y las terminaba en su lugar llevado por la impaciencia.
   No la interrumpía, no se inmiscuía en lo que estaba diciendo para concluir y pasar a otro tema.
   No dejaba que ella hablase al vacío mientras el preparaba su respuesta para cuando por fin terminase.
   No fingía que le interesaba o disfrutaba, sino que le interesaba y disfrutaba de verdad. En definitiva: era un curioso infatigable.
   No era impaciente. No aspiraba a llevar la conversación de los insignificantes argumentos de ella a los importantes de él
   Todo lo contrario: le gustaban mucho esos argumentos. Le agradaba esperarla y, aunque se alargase, le esperaba y se deleitaba mientras tanto con sus rodeos.
   No metía prisa. No apremiaba. Esperaba que terminase e incluso cuando acababa no se precipitaba, si no que le gustaba seguir esperándola: a lo mejor tenía algo más que añadir. A lo mejor se le ocurría otra feliz idea.
...''
Una historia de amor y oscuridad, Amos Oz.

¿Es o no es?